Manual de los que se despiden (con atención para los que se quedan)

Para Tom, al que le han tocado puras despedidas

Llegado el momento en que las maletas han sido documentadas y que todo el tiempo que se trató de burlar desde el momento en que se compró el boleto redondo, o el de regreso si la visita tenía una duración indefinida, ha llegado el momento de despedirse.

(Al momento de escribir esto me equivoco y deletreo “despertar”… es que dependiendo del viaje puede tratarse de un sueño).

Está permitido, más no recomendado, que esos últimos 15 minutos se utilicen en una charla caracterizada por enormes lagunas entre los “vas a ver qué rápido se pasa el tiempo” y los “la verdad me la pasé muy bien contigo”: el deseo incontrolable de aprovechar cada segundo le genera tráfico congestionado a la calle de la evocación.

Aclarado el punto anterior, no olviden repetir el tema de conversación una y otra vez. Intente encontrarle variaciones al chiste que los tuvo matados de la risa durante un rato y vuélvalo a contar. Total, en un proceso espectacular y contradictorio de la naturaleza, ese chiste, en vez de haberse podrido, estará fresco como lechuga la próxima vez que se encuentren tanto el que se va como el que se queda.

Hágase a la idea de que la hora indicada ya hizo acto de presencia: segundos más, segundos menos, el reloj del celular, el del aeropuerto o el de la terminal de autobuses indica lo que se quiere negar y hay que despedirse. Recuerde respirar lentamente, como si tratara de conciliar el sueño; si va a proferirle a su amigo, novia, novio o pariente alguna frase muy emotiva, no se preocupe si se le corta el aliento y hace evidente el indicio de que llorará en cualquier momento. Lo cual está bien, pues ha dado muestra usted de que es un ser humano. Pero tenga consideración, persona que se va: romper en llanto por regresar a un lugar donde está bien acompañado mientras el que se queda vive solo en el destino que usted acaba de visitar, puede ocasionar que el que se queda vuelva a experimentar muy contra su voluntad el deseo de volver al lugar desde donde usted lo visita y hacer un precipitado cambio de planes que pueden traer resultados no deseados.

Puede, en todo caso, guardar esas bonitas perlas de sentimiento líquido para cuando se ha cerciorado de que no está a la vista del que se queda. Si lo anterior es afirmativo, desátese. Que le valga una solemne maternidad lo que piense el de enfrente o el de al lado. Son unos envidiosos que por no verse copiones se harán los criticones. Si alguien se le acerca y le pregunta si “todo está bien”, no responda con sarcasmo: algo de sacarina ajena nunca viene mal.

Por último, recuerde esa maldita película del niño que se muere y que volvió máxima la frase “Nunca te vayas sin decir te quiero”. Dígale “te quiero” a esa persona, agregue mucho y sirva caliente.

Y si usted no ha visto la película referida un párrafo arriba, una disculpa. No era mi intención contarle el final.

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