Las formas de bajarse del carro

Uno de los rituales que más disfrutaba en secreto de mi infancia, era aquél que consistía en que, vapuleado por las energías derrochadas en todo aquél evento que requiriera o no de la asistencia de niños; yo comenzara a cerrar los ojos ante los patrones que ofrecía el largo camino de regreso a casa. Halos de luz filtrándose en diagonal por mi ventana, iluminando y oscureciendo mi cara, mi pantalón lleno de lodo o de pastel de cumpleañero, y el perfil de mi hermano, quien podría irse callado todo el trayecto. Mientras mi papá conducía con un poco de vaho alcohólico, y mi madre un poco disgustada.

Todo esto con la certeza de que llegando a la cochera de mi casa, mi Papá abriría la puerta de atrás, pasaría un brazo debajo de mis piernas, otro a la altura de mi espalda media y procedería a cargarme, atravesar la puerta que mi mamá ya habría dejado abierta por querer entrar primero para ir al baño, y dejarme en mi cuarto. Con mi bendición.

Éste fue un ritual del que me despedí para siempre cuando una vez, llegando de uno de esos eventos donde lo que la gente grande decía y retumbaba en mis oídos en el camino de regreso; en forma de comentarios de mis papás, sólo sentí cómo mi Padre sacudió uno de mis hombros para despertarme y decirme: Ya llegamos.


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