La marcha a la que no asistí

Me preocupa la violencia. Me preocupa que a estas alturas todavía no sienta miedo de salir a las calles a pasear con mi novia o quedarme de ver con mis amigos en una plaza pública. –¿Negación?—Me preocupa que ante las palabras “ola de violencia”, “ejecuciones”, y “balacera”; mi cuerpo no sucumba ante la histeria y se lance con un dedo flamígero a señalar culpables.

¿Vivo en un país violento? Evidentemente. ¿Mi país se jactaba de ser pacífico en el pasado?, supongo, por lo que dicen los mayores y los viejos.

Pero detengámonos un momento.

Al escuchar esas añoranzas de que todo pasado fue mejor y de que la paz podía respirarse con la facilidad con que se respira el oxígeno, no puedo evitar sentirme incómodo y dubitativo: añadan a esto la marcha nacional a la que el poeta Javier Sicilia convocó y comenzaremos a atar cabos.

Antes de continuar, he de decir que no he asistido a ninguna marcha nacional: ni a la convocada por los grandes medios de comunicación del país hace unos años, ni a la de “No más sangre” ni a cualquier otra que haya sido convocada por distintos partidos, sindicatos o ciudadanos. También debo aclarar que Sicilia está en todo su derecho de convocar a una marcha como reclamo por la pérdida de su hijo y de los hijos de miles de personas –¿Quién no lo haría?—; que muchas personas cercanas a mí –a las que espero que este texto les sirva como un elemento más en su reflexión de la realidad que vivimos— participaron activamente en este movimiento; que el enérgico señalamiento en contra de la partidocracia y las autoridades es totalmente válido; que espero que el Pacto por un México en Paz derive en las reformas necesarias para que nuestro país dé un viraje y que el hecho de que no he asistido a ninguna marcha hasta ahora no significa que las descalifique.

De hecho, no voy a descalificar la marcha nacional. Sólo me permito apuntar un ingrediente esencial que no leí en los principales tweets de la gente que sigo en twitter que asistió a esta convocatoria; un elemento que no venía incluido en los principales reclamos –o al menos los que obtuvieron más resonancia—; una minucia que no leí en el discurso de Javier Sicilia en el Zócalo del Distrito Federal: la autocrítica.

Esto me lleva a lo que expuse al principio de este texto: Me preocupa mucho la violencia que desemboca en lo que vemos, escuchamos y leemos en medios de comunicación y en el boca en boca, pero me sigue pareciendo distante –de nuevo, ¿negación?—. Lo que en verdad me preocupa son esas pequeñas actitudes violentas en nuestra cotidianeidad que sí me pueden poner al borde, y por ende, hasta la madre: Actitudes que estaban ahí antes de los 40 mil muertos de la guerra contra el narcotráfico; que muy a mi pesar parecen estar solapadas en el imaginario colectivo de los mexicanos —“el que no tranza, no avanza”, por ejemplo—; actitudes que preferimos soslayar de manera muy ufana cuando hay un reclamo mayor: “Me meto a la fila y te la hago de pedo pero estaré hombro a hombro contigo en una marcha cuando maten al hijo de un sobrino de Lady Gaga”. ¿Suena absurdo, no? Pero así puede llegar a sonar muchas veces.

Para mí es más violento el México en el que estacionamos un coche en la banqueta de una avenida orillando a que una anciana se baje al arroyo vehicular y muera aplastada que un ajuste de cuentas entre narcos con sus posibles daños colaterales. ¿Por qué se me hace más violento lo primero? Porque, partiendo del supuesto de que ni la abuela ni el dueño del coche son narcos, estamos hablando de ciudadanos de a pie, de que ambos son “buenos” –en el sentido más flexible de la palabra— por lo que la irresponsabilidad del segundo no debió haberse dado en primer lugar: Si el dueño del coche no es narcotraficante ni político, ¿Cómo es posible que se haya dado este acto de violencia? ¿Qué no es un ser intrínsecamente bueno? Es posible en un país donde se quiere ver todo en blanco y negro.

¿Verdad que existen más ejemplos? Entonces, ¿Por qué no vimos ese tipo de hartazgo en las pancartas que exigían las renuncias de funcionarios y del presidente Felipe Calderón? ¿Dónde se alcanzó a leer un “No más caca de mi perro en el jardín del vecino”? ¿O un “No pondré más Banda el Recodo a todo volumen entre semana”? (De seguro ustedes tienen mejores ejemplos).

¿Estaremos asumiendo peligrosamente que la falta de visión e inteligencia de las autoridades en su lucha contra la delincuencia justifican que nos hayamos vuelto unos entes huraños que se toman personal que el del coche del carril de junto se incorpore a nuestro carril intempestivamente? ¿Tendrá la culpa todo el gabinete calderonista de que las opiniones disonantes con este texto arremetan violentamente contra mi blog por medio de vituperaciones e improperios? ¿A quién debo de culpar si alguien me ubica en la calle como el “pendejo que andaba criticando la marcha nacional” y me golpea? ¿A mí por expresarme?, ¿a quien me “ajustició”?, ¿o a Felipe Calderón por empecinarse en tener al ejército en las calles?

Me preocupa mucho la violencia. Pero me preocupa más ese escenario idóneo en el que el ejército esté de vuelta en sus cuarteles, el narcotraficante se desestrese y siga distribuyendo la droga “como lo hacía antes”, y nosotros sigamos estacionándonos en doble fila, obstruyendo el paso de una ambulancia que en su interior lleva una anciana que fue arrollada al bajarse de una banqueta.

Y si no son de ese tipo de personas, digan “safo”, que los quiero conocer

Artículos relacionados:

Un explorador del pasado: Federico Adolfo Solórzano Barreto
Ruidosos, callados, ruidosos: The Pixies
Esto NO es radio 18 de febrero: Una hora con Antonio Ortuño y su Señora Rojo


5 Commentarios