Hamburguesas y Franz Ferdinand

FRANZ

Durante la mayor parte de 2004 viví en Richmond, una ciudad estadounidense cuya principal característica viene contenida en el comentario de mis paisanos: “aquí hay mucho negro”.

Había regresado a México apenas en enero de ese año pero me volví a aburrir porque todavía no sabía qué carrera quería estudiar. Los dos módulos de francés para principiantes que tomé en el Prolex fueron tan efectivos como la homeopatía para curar mi aburrimiento y acudí nuevamente a la ciudad donde ya tenía trabajo asegurado.

Es en serio. Mi tía preguntó si había chamba para ella y la gerente le dijo que no. Luego le dijo que preguntaba porque su sobrino regresaría de México y la gerente le dijo que a él sí. Que cómo no, si él trabaja re-bien. Y que se emocionó y que casi grita, ante todo su personal en aquella sucursal de comida rápida llamada Jack in the box, que “viene Micro, ¡VIENE MICRO!”

Deténgamonos un momento: sobre las razones que llevaron a mi tía a no demandar en aquel momento ante el CONAPRED gringo semejante discriminación por edad y género, ya es pedo de mi tía. Y otra cosa: yo no era Micro en ese momento -el apodo me lo pondrían meses después, al entrar a la carrera-. Era Javier. Dicen que te tienes que cambiar el nombre in America si quieres chambear. Lo hice)

Mi jefe

Mi jefe

El punto es que trabajaba en lo que ahora defino como uno de los peores trabajos del mundo. Mi turno era de 10 de la noche a las seis de la mañana. A los 18 años. Me tocaba atender, con orejera y micrófono, el drive thru (la ventanilla de servicio a automovilistas), donde guapas negras, rubias y latinas, regresaban alcoholizadas de una fiesta intensa. Me sentí el hombre más infeliz del mundo cuando una de esas veces, una güera me preguntó “Javier can i have you?” (ahora que lo pienso suena a juego de palabras: javier quenai javiu) y yo sólo me ruboricé, coloqué sus papas y su hamburguesa en la bolsa de cartón, dije algo que qué bueno que no me acuerdo y jamás la volví a ver.

¿Cómo mitigaba esas jornadas agotadoras en las que no sólo podía formar parte de lo que la juventú de allá -mis primos no eran así como compas y TODOS mis paisanos querían ser Vin Diesel- sino que también tenía que lidiar con clientes fúricos y agresivos porque sus french fries estaban frías?

Con música.

De no ser por la música que descargaba por las tardes -compré más dvd’s que cd’s-, luego de llegar a mi casa a las 7 de la mañana y despertarme como crudo sin haber fiesteado la noche anterior, mi estancia en esa hostil ciudad no habría tenido ningún sentido.

Por eso, cada que recuerdo los meses que pasé allá juntando dólares que luego invertí en películas, recuerdo “Take me out”, de Franz Ferdinand, con su canción en dos momentos, el preludio en el que añora a la chica que lo tiene bajo la mira y a un disparo de distancia; luego el desacelere (i know, i won’t be leaving here, with you…), luego la sincronía entre platillos guitarrazo y bajeo, luego esa especie de disco punk (o new wave, o lo que sea) electrizante que, junto con otras canciones sueltas de The Roots, The Caesars, Muse, Beatles, Rata Blanca e incluso Ska-p, acompañaban mi regreso a aquel departamento en una colonia tipo Boyz n da hood: aturdido de gritos, de alarmas de freidoras automáticas y de aquel tonito punzante en el audífono que te indicaba que un cliente había llegado.

Este mes, el álbum homónimo que contiene esa canción, cumplió 10 años.

Y a diez años de ser Javier, mi vida se volvió más emocionante. Se los juro.

Aquí un podcast que hice para Ocio, cuando la banda escocesa vino a México en 2010:

Clic para escuchar

Y aquí la rola de marras:

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