De edecanes, fotos y retos

edecanes

1.

No voy a describirla. Mis años antes de los treinta cada vez me piden menos palabras y más imaginación: es una edecán. Ustedes pongan el resto.

Su trabajo es repartir periódicos y sonreír mientras lo hace. La indicación es dar a conocer el “rotativo” a quien vaya pasando. Hombres y mujeres le aceptan el gesto y sólo hombres los que deciden llevar su oportunidad, de estar bien informado, más allá. Sacan plática. Ligan.

Yo solo observo y escucho poco. Robo algunos instantes a mi computadora que me demanda una hora de cierre para ver distintos tipos de hombre “de cacería”.

Hay pubertos de un metro cuarenta que quieren demostrar que ya están preparados para las mieles de una mujer -pronto descubrirán que el camino hacia la mujer del espectacular es de cuota para la gran mayoría, y qué mejor forma de probarlo que pidiendole una foto a una edecan. La de los periódicos acepta. Para eso está. Quizás sea una guapísima periodista haciendo inmersión en el modelaje para luego publicar una crónica en una feria de libro, pero en lo que eso pasa, acepta tomarse fotos con todo el que le pida una foto. Y sonreír. Y ganar en una semana lo que hace un reportero en una mes.

Un hombre de sombrero -protegido de los inclementes rayos de luz de argón-, bigote frondoso y piel morena, aborda a la edecán. Es un viejo conocido. Conocido porque durante la feria muchos rostros se vuelven familiares, y viejo, pues por viejo. Rabo verde, dirían las mujeres. (No hay hombre que le diga “rabo verde” a otro hombre. Se los firmo).

Estaba con lo del abordaje. Digamos que es como el día cuatro de la feria y el señor ya conoce el nuevo periódico. Y aún así regresa para ver cómo le va a la edecán. A cerciorarse del color de las uñas de sus pies, supongo. O si hoy vino de plataformas. ¿El escote es en v o cerrado?. ¿Y cómo le va a la falda corta o al pantalón ceñido? Preguntas que se hará y que continúa haciéndose mientras “saca plática”.

Sacarplática es como un verbo. La minería de la necedad. Obtener algo con esfuerzo y dedicación aunque el resultado sea puro plomo. El viejo conocido acumula media hora sacando pepitas verbales de la estoica edecán mientras los del stand del periódico ya estamos guardando cables y cerrando el changarro. Ese día nos fuimos y el viejo conocido seguía con pico y pala. ” Mira mijo”, le contará a sus nietos, “en una feria platiqué como por una hora con un portento de mujer…” (no hay ningún hombre menor de 30 años que diga “portento de mujer”, se los firmo), “…y al final me corrieron los de seguridad”.

Otros hacen un gesto más ¿respetuoso? No rodean con sus noveles brazos la cintura de la edecán, sólo lo superponen. Como cuando juegas con imanes y quieres y a la vez no quieres que se unan las partes. Ante la foto ya demostraron: o que vinieron a la feria, o que les gustan las mujeres. En México uno demuestra que le gustan las mujeres tomándose fotos con extrañas despampanantes o gritándoles a lo lejos.

2.

Sigo sin entender las motivaciones de alguien para tomarse fotos con una edecán. Es obvio que la edecán accede porque es su trabajo. Es obvio que no hay ningún mérito en conseguir foto con seres bellos y celestiales porque alguien los bajó a la tierra con cadenas de oro y diamantes. Y es obvio que la gente a quien se le presuman esas fotos responderá con otras fotos. Como Yu gi oh. Y aún así, cientos de personas, sea el contexto que sea, buscarán la foto con un pedacito de lo que ven en catálogos de lencería o publicidad.

Y eso que la foto no capturará el perfume de la edecán. Ni su aliento. Ni sus piensos. Ni su nombre. El bautizo nunca fue más inútil.

3.

Hace como 15 años, mi hermano invitó a sus amigos a pasar unos días en Acapulco.

Yo era un puberto atemorizado por las mujeres. Mi hermano y sus amigos, más grandes que yo por cuatro años, un poco menos. fuimos a caminar por la costera. Era de noche, cuando a uno de esos amigos se le ocurrió tomarse una foto con una chica que le gustó en el momento en que cruzaron caminos.

Fue y le pidió tomarse una foto con ella. La chica no pudo estar más desconcertada. No recuerdo su cara. Pero sí que era demasiado amable y paciente ante tal petición (a las mujeres mexicanas se les enseña a ser amables con extraños impertinentes). Mi hermano y los otros morían de pena ajena ante la negativa de la morra y la insistencia, casi ruego, del tipo este. No recuerdo que haya sido un reto que le impusiera el círculo de mi carnal. Este galán habia tenido la iniciativa. Al parecer este chico tenía que regresar a Guadalajara con la prueba de que conoció a alguien en Acapulco.

Lo único que recuerdo de esa ¿conversacion? Además de lo anterior, es que en un punto, la chica le dijo: “es que ni te conozco”. A eso le siguió el nombre de él y el nombre de ella. Ella de Querétaro. Él del DF. Y platicaron un minuto. Quizás más. Luego ella se fue con sus amigas que comenzaban a impacientarse. ¿Y si le hubiera pedido la hora, mejor?

Todo fue tan tenso. Y el bato este regresó de Acapulco sin su foto con una extraña. Pero se quedó con su nombre. Su lugar de origen. Su negativa. su recuerdo.

Todo eso que se cancela cuando se toma una foto.

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