De cuando me puse a pensar en el acoso (III)

ACOSO3

Una tarde en que esperaba el camión, un sujeto me abordó desde su camioneta. Me preguntó mi rumbo y le dije otro. Y a bocajarro, me invitó a “cotorrear”. Un señor que rondaba los 50, con una mirada extraviada y con muy poco vocabulario, me estaba invitando a subir a su camioneta. No era aventón lo que me ofrecía.

Le dije que no. Pero el señor insistió con su “vamos a cotorrear”, con su mímica universal de pulgar y meñique chelero, y con su mirada lasciva. No sé cuántas veces dije, inmutable, que “no, gracias”, hasta que el semáforo se puso en verde y el tipo arrancó.

Inesperado, no solicitado, incómodo y unilateral, así es el acoso callejero. Pero ¿qué lo sostiene? Nuestra idea de hombría. Por un lado nos dicen que somos más hombres en la medida en que le decimos a las mujeres lo que queremos hacer con ellas, y por el otro también se nos ha dicho que tenemos que aguantar vara: de la carrilla, del alcohol, del dolor. ¿Pero eres hombre y un hombre te acosó? Ni lo cuentes, pensarán que eres un marica y que tú te lo buscaste.

Porque si todo lo que les he contado en estas entregas es la punta del problema, lo de culpar a la víctima es esa raíz profunda que no queremos arrancar. De eso escribiré la próxima semana.

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