Boyhood: cuando la vida no cabe en una película pero sí

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El punto medio entre decir “la vida no es una película” y “la vida es una película” -dependiendo de las dosis de realidad con que nos enfrentemos- se llama “Boyhood” de Richard Linklater.

Quien llegó aquí ya parte de lo mínimo: que el reparto es el mismo durante los doce años que tomó hacer esta película; y que es un recorrido por la vida de Mason, un hermoso y melancólico niño de ojos redondos que va creciendo en un entorno de sueños rotos entre expectativas de una madre soltera y un padre ausente conforme nosotros nos acabamos las palomitas (dividir la cajita entre saladas con mayonesa y salsa como plato fuerte y acarameladas para el postre).

De lo que no parte el autor de esta columna es de preguntas que deliberadamente no ha querido responder mientras escribe esto.

¿Es lo mismo que se planteó el director hace mas de una década? ¿Cuántos tratamientos le dio a ese guión mientras filmaba la película, mientras aguardaba a que la vida -su vida, la de los implicados en el proyecto- transcurriera,? ¿Qué tipo de contrato firmó con todo el reparto como para tenerlos comprometidos con algo que duraría tantísimo tiempo?

Pero hablemos de la película: no hay artificios de edición para constatar que el tiempo avanza. No hay timelapses, ni morphing a las caras, ni trampas para hacer más joven o más viejo a alguien (pienso en “El curioso caso de Benjamín Button): aquí un puberto cierra la puerta de un lado y luego baja escaleras en otro, ya convertido en adolescente. Esas fases que llamamos pestañeos.

Boyhood no es una montaña rusa de emociones. O están en otro lado: en forma de música con la banda sonora que va de Britney Spears a Pink Floyd a Black Keys a Vampire Weekend; o en la dirección de arte que acentúa los cambios en la edad de Mason -e importantísimas para decirnos que la vida sólo avanza-:Dragón ball z, Harry potter, etc. O que más que arrebatos pasionales o dramáticos, lo que vemos es una tensión latente, una fragilidad inminente. Tormentas que se avecinan en vasos llenos de licor.

Lo único que le esquilmo a Boyhood, es ese mensaje que llega a su punto más burdo cuando la familia se encuentra con un gerente de restaurant que antes era plomero: la salvación está en ir a la universidad para salir del estancamiento. ¿Todavia como sociedad nos vamos a comer enterito ese cuento?

Pero bueno, una película no puede ser siempre una suma y resta de ideologías.

La vida se nos va. Se nos escurre. Por eso Boyhood se trata de cuando la vida no cabe en una película pero sí.

Por cierto: garrafal error de la compañía encargada de subtitular Boyhood: los momentos en que Ethan Hawke toca la guitarra y canta no son traducidos al español. Quien no hable inglés se perderá bellos momentos pivotales y/o de transición. A lo mejor es otro mensaje velado de la película: hay que saber hablar inglés no solo para encontrar un mejor trabajo, sino para entenderle a una película. OBVIAMENTE NO.

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