Aristegui y de cómo protegemos las audiencias a los periodistas

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Los interludios en que han corrido tres veces a Carmen Aristegui (Imagen, W Radio, MVS) están llenos de silencio. Por cada amague y grito del poder -fáctico, criminal, Estado- de correr a una periodista incómoda y de alto impacto, hay micro poderes locales (gobernadores, marcas provincianas, narcos regionales) eliminando periodistas que alguna vez quisieron cambiar el mundo y que ahora sólo buscan renovar su contrato de seis meses, sin prestaciones y simulando una relación “entre iguales” y no de patrón-obrero del boletín.

Hay que decir que la verdad periodística de Aristegui no es la única verdad. Pero el problema de censurarla vía argumentos insostenibles como “protección de marca” (y habría que ver qué tanto una empresa como MVS “protege” su marca perdiendo puntos de rating que Aristegui y su equipo le daban), es que sólo quedan otras verdades periodísticas visibles que se asemejan, por sumisión vía pautas publicitarias gubernamentales, a la “verdad histórica” (Murillo Karam dixit).

El sistema de medios mexicanos no goza de salud. Quizás nunca. En el espectro radiofónico-televisivo ningún periodista cuenta con el nivel de exposición ni de impacto ni de contrapeso a otros medios más oficialistas que Carmen Aristegui.

Y ante esta situación pavorosa, donde “el que paga, manda”, ¿qué es lo que nos queda a nosotros como audiencias? Nosotros, el público, ¿cómo podemos garantizar que las verdades incómodas, se asomen e incidan en nuestras vidas cotidianas?

Los intentos de hacer periodismo financiado por micro-donativos sigue en pañales y no veo un salto exponencial al respecto. Aunque hay casos que merecen nuestra atención.

Recientemente, José Gutiérrez Vivó logró juntar 28 mil 651 dólares vía kickstarter. “Amigos de Animal político”, del sitio Animal Político, recaudó lo suficiente como para becar a tres periodistas con 20 mil pesos para cada uno. La revista Replicante, va por su segundo intento de obtener fondos para subsistir, ahora a través de Patreon. Y en Jalisco, la novel revista digital Colibrí, que atiende problemáticas relacionadas con los medios de comunicación, paga a algunos de sus colaboradores mediante las ganancias de la mercancía que produce (decir “ganancias” es una forma optimista de decirlo). También el periodista barcelonés Jordi Pérez-Colomé ha sido financiado por lectores.

Pero fuera de eso, nosotros como audiencia nos imponemos trabas. Creemos que toda la información debe ser gratuita, pero cuesta producirla. A lo mejor heredamos de generaciones anteriores este tufillo de que los periodistas y comunicadores hacemos una labor tan noble, tan loable, que las palabras de aliento y de admiración que nos digan se convertirán en tortillas. Nada más alejado de la realidad. Y aún así hay quien cree que podemos hacer, de buenas a primeras, textos, podcasts, videos, documentales, sólo porque nos gusta hacerlo. Que sólo necesitamos de la palmadita en el hombro, del “like” y “compartir” para proseguir con nuestro trabajo.

Quien esto escribe está de acuerdo en que la información debe de estar al alcance de todos, pero también está de acuerdo en que nos volvamos, quienes podemos, solidarios con lo que hacen estas personas. Una red bien tejida de donantes puede garantizar información gratuita para todos. Con la facilidad con que mantenemos a diputados, senadores, presidente, gobernadores y aviadores, y con la facilidad con que redondeamos para donar a alguna causa cuando nos lo pide un cajero automático o de carne y hueso, podríamos hacerlo también para sostener el trabajo de quienes nos revelan lo que pasa cuando bajamos la guardia o cuando no podemos entender en una primera lectura lo que pasa frente a nuestras narices.

A Carmen Aristegui le quedan su portal Aristeguionline.com, su programa en CNN, una gira interminable por universidades del país y latinoamérica hablando sobre censura y quizás un espacio en Uno.tv.

Al resto de los periodistas de a pie, no.

Las marchas, los tuits y la indignación generalizada nos ayudan, nos hacen sentir que nuestra labor importa. Pero para que siga importando, intentemos ser más proactivos para con los medios que consumimos. Detrás de ellos hay familias, bocas que alimentar, renta por pagar, seguros de gastos médicos qué procurarse. Las plataformas para donar están ahí (Patreon, Kickstarter, Pay pal), y nuestras tarjetas de crédito ya perdieron la virginidad para comprar en línea desde hace mucho tiempo.

O si esto es mucho pedir, les sugiero que ya mejor nos suscribamos al boletín de la oficina de comunicación social de cualquier dependencia de gobierno. No se notará la diferencia.

Acá un análisis en conjunto de seis colegas sobre el caso Aristegui-Mvs

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