Abuelísima

ABUESEMILLA

Le empecé a decir “abuelísima” en 2003, y el mote permeó porque Orlando, el hijo de mi prima Eli, notaba que hacía más sentido en decirle abuela a la mamá de su mamá y abuelísima a la mamá de su abuela. Aparte, bisabuela, se presta para decir “biscabuela”, y pues el chiste es medio malito.

También, porque le quitaba solemnidad a la manera en que nos dirigíamos a ella. Abuelita suena bonito, pero abuelísima denota cordialidad, y concuerda con la actitud dicharachera y ácida que siempre la caracterizó.

-Abuelita, ¿verdad que usted es bonita?

-Bonitos los gatos…

-Abue, quién la quiere?

-pos…

Nació en 1924 y dejó de fumar en 1963, cuando murió mi abuelo, con quien tuvo doce hijos, de los que sobreviven diez, 46 nietos, 86 bisnietos y dos tataranietos.

O lo que es lo mismo, hay sangre de la abuelísima para rato.

Tuve la fortuna de ser criado por ella en vez de una guardería. Siempre me contaba sobre la vez que le grité desde la cochera, antes de subirme al coche, que les dijera a mis papás que no me gustaba la guardería y que prefería quedarme con ella.

Luego estaban los viajes. A Zapotlanejo a comprar ropa y comer milanesas, a Ciudad Guzmán para visitar a su hermana y a la hija de su hermana que era casi como su hermana, Cleotilde. Y antes de regresar: comer tortas de la central, de lomo o de panela.

Todo era comida con ella. A veces preparamos galletas y pasteles. Por eso tenía una panza redonda y simpática que si se la sobabas, te arañaba con sus uñotas, que también te enseñaba en caso de que te sorprendiera mordiéndote las uñas. Ten, te presto las mías, decía.

Con ella asocio mis primeros acercamientos con el transporte público, lo que era correr tras el 636-A del santuario para regresar a casa después del mandado en Obregón, y lo que era meterte con todo y bolsas de fayuca de San Juan de Dios al Tren Ligero.

O llevarla en coche, cuando sus piernas comenzaban a debilitarse, a Tonalá, con mi tía Alicia.

Ella y la tele fueron mis niñeras. Después de salir a jugar, lo que seguía era ver novelas, sobre todo las de las nueve, María Mercedes, Marimar y María la del Barrio. En esos lapsos, yo cada vez menos niño y ella no me parecía volverse más vieja.

Amante de la coca cola, de las largas caminatas, de bobear en tianguis y mercados, y alcahueta de una que otra travesura que hice por ahí, mi abuela no estudió ni la primaria y aún así aprendió a leer gracias a Cleotilde, quien la surtía de El Libro Vaquero, El Libro Semanal, y una que otra leperada.

Pocas veces la vi llorar. Muy pocas, era una mujer dura que se volvió mucho más dura cuando murió su marido Gustavo, y tuvo que levantarse diario a las cuatro de la mañana durante decenios para vender carne en el mercado. Era tan dura con ella misma que decidió no volver a casarse por temor a lo que dijeran los demás. “Ni modo que me pusiera a putear”, bromeaba.

Nos cuidó a Tomás, a Alma y a mí, como si fuéramos sus hijos. Y nunca le negó el desayuno, el vaso de agua o una que otra despensa a quien fuera a visitarla.

La principal complicación que tuvo fue pulmonar, a pesar de haber dejado el cigarro decenios atrás. Los estragos del tabaco ahí estaban acechándola junto con el cáncer de mama que contrajo después de los 80 años de edad, y un tumor en el estómago que se le detectó tres días antes de morir.

Su agonía durante los últimos días fue larga, pero el consuelo de todos nosotros fue saber que después de ese pequeño y eterno instante en que abrió los ojos, descansaría para siempre. Y a sus hijas e hijos les queda la oportunidad de volverse a querer como hermanos.

Descansa en paz, Carmen Mendoza Contreras. (1924-2012).

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